abundancia

¿ES POSIBLE UNA EDUCACIÓN DESDE LA MIRADA DE LA ABUNDANCIA?

Creo que no me equivoco al decir que, al menos en occidente, estamos educados en la falta. Ponemos el foco sobretodo en lo que no hay, en lo que no tuvimos, en lo que no podremos tener, en aquello que no nos dieron o dijeron, etc. Llevamos esto a las cosas, a las personas, a las relaciones, al trabajo… y vivimos en una queja infinita que nos ciega para ver más allá de los hechos que nos confirman nuestra permanente escasez.

¿Sería posible una educación en la abundancia? Confío en que sí, ya que todo lo que hemos construido se puede reconstruir, tanto personal como colectivamente. No sólo confío sino que ya es una realidad: muchos espacios educativos apuestan por una manera de estar que conecta con la abundancia y la plenitud de niños y adultos. Pero… y eso, ¿qué significa?

En primer lugar, una mirada de abundancia percibe lo que hay, en vez de poner el foco en lo que falta o no hay. Podemos mirar a un niño viendo todo lo que no es, amplificando sus “defectos” hasta que dejamos de ver todo lo demás. O, por el contrario, le podemos ver más allá de eso que no nos gusta y percibir matices nuevos, un gesto amoroso que hasta ahora se nos había pasado por completo. Porque nuestra mirada condiciona lo que vemos, y si sólo buscamos lo que no está… no podremos ver lo que está disponible en todo momento.

En las situaciones ocurre lo mismo, si las cosas no salen según planeado, la mirada de la falta pone el foco en lo que salió mal, mientras que una mirada de abundancia permite ver lo que surge a partir de esa aparente disrupción. Eso ¡nos conecta con la vida! Porque abrirnos a eso es empezar a ver posibilidades dónde antes sólo veíamos problemas, otra característica de una pedagogía de la abundancia. ¿Os imagináis un aula dónde hubiese flexibilidad y creatividad ante los imprevistos? ¿Que adultos y niños tuvieran la frescura necesaria para seguir el flujo de la vida sin atascarse en “esto no era lo previsto” o “vaya faena”?. ¡Sería precioso!

Conectar con la abundancia también pasa por acoger la diversidad en todos su sentidos: las diferencias que nos constituyen a cada uno, la diversidad de opiniones y maneras de ser, la diversidad en los ritmos de aprendizaje y en los intereses personales. Desde la falta, vemos un todo homogéneo y general, no hay espacio para la luz tan singular que habita cada ser, cada situación. Aceptar la diversidad nos ayuda a ver lo que hay y lo que está vivo en cada momento, y nos permite conectar con las infinitas posibilidades en vez de insistir en el mismo discurso monótono sobre lo que nos ocurre.

En un aula diverso y rico, no hay espacio para la comparación ni la competición, porque a cada uno se le da mejor algo y lo aporta al grupo para que crezca como un todo. Por eso, en esta perspectiva hay espacio para los talentos personales, aquello que nos hace únicos, en vez de buscar que todos sean iguales y aprendan lo mismo, de la misma manera, al mismo tiempo. Cada niño y niña pueden florescer en su propia belleza sin sentir que no están a la altura, o que son raros, o que no están cumpliendo con las expectativas que los padres y educadores les depositamos encima.

Es posible, sí, una educación basada en la abundancia; no sólo posible sino tremendamente necesaria. Y no son necesarias grandes inversiones para este cambio de mirada… “No hacen falta alas, para hacer un sueño, basta con las manos, basta con el pecho, basta con las piernas, y con el empeño”, cantaba Silvio Rodríguez hace tiempo.

Para una pedagogía de la abundancia basta con integrar esa mirada en nuestro día a día, hacia nosotros mismos, hacia los que nos rodean, a todo lo que nos llega.

Basta con renunciar a la queja y disfrutar de la inmensa plenitud.

Basto yo, y bastas tú; no hace falta nada más.

Texto Fernanda Bocco

Imagen Abraham Cinta



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