¿Qué pasa si no atendemos las emociones de la infancia?
“No pasa nada” es una de las frases más escuchadas por niños y niñas en escuelas, parques, y hogares.
Los adultos la usamos cuando una niña se hace daño o siente dolor, o cuando un niño se asusta o siente miedo; también cuando se rompe algún juguete o cuando están tristes porque mamá o papá se han ido.
Está tan normalizado que ni siquiera nos impresiona escucharla todo el tiempo.
“No pasa nada” se transformó en un mantra-tirita para todas aquellas situaciones en que no tenemos muy claro qué hacer, y además queremos que se terminen rápidamente.
Pero sí, si pasa.
Pasa MUCHO cuando nuestra respuesta habitual a las expresiones emocionales de la infancia es negar, quitar importancia, ironizar, reprimir.
Sé que es difícil prestar la atención que esto requiere cuando toda la sociedad parece haberse puesto de acuerdo en responder de la misma manera. Décadas y siglos de inercia hacen que nos salgan las mismas frases una y otra vez de modo automático, y que además de repetirlas las terminemos justificando o defendiendo.
He escuchado a varias personas adultas diciendo “a mí no me hacían ni caso y no he salido tan mal”.
¿Será?
CONSECUENCIAS DE LA REPRESIÓN EMOCIONAL EN LA INFANCIA
Quizás lo que nos falte sea darnos cuenta de los efectos adversos de la represión emocional. Y ojo, los efectos no se quedan limitados a la infancia, ni a esa situación en particular en la que sucede. Los efectos nos van a acompañar a lo largo de toda la vida, y van a requerir consciencia y ganas para poder transformarse.
Así que ahí va, un listado de consecuencias. Que cada persona lea con atención y ponga la mano en el corazón, al terminar, revisando lo de “a mí no me hacían ni caso, y no he salido tan mal”…
- Dificultades en la regulación emocional. Cuando las personas aprenden a “aguantarse”, están perdiendo la oportunidad de sentir, identificar y comunicar lo que les pasa. La regulación se desarrolla justamente mediante la expresión y el acompañamiento de un adulto; si no hay un adulto, o este no le presta atención, esa capacidad de regulación no se desarrolla bien. Eso hace que, más adelante, nos cueste relacionarnos con nuestras propias emociones de manera serena, sintiendo una alta dosis de desregulación, impulsividad, etc, cuando sentimos una emoción más intensa.
- Mayor riesgo de ansiedad y estrés. Reprimir las emociones puede aumentar la activación fisiológica interna (tensión, estrés), porque el cuerpo no descarga correctamente. A largo plazo, esto puede relacionarse con mayor vulnerabilidad a problemas de ansiedad, ya que ante situaciones de estrés se pone en marcha esta activación como respuesta-tipo.
- Autoestima más baja. Si mandamos el mensaje de que las emociones “no están bien”, puede interpretar que él/ella, en su totalidad, no está bien. Esto afecta su autoconcepto y su seguridad emocional, percibiendo el rechazo a sus emociones como un rechazo a su persona.
- Dificultades en las relaciones sociales. La expresión emocional es clave para la empatía, la comunicación y la conexión con los demás. Cuando normalizamos la represión del mundo interno, estamos sentando las bases para estilos relacionales más rígidos, evitativos o conflictivos, en los que vamos a tender a escondernos y a tener dificultad en relaciones más íntimas o profundas en las que nos tengamos que exponer.
- Mayor probabilidad de conductas disruptivas. Cuando un niño no puede expresar tristeza, miedo, etc, esas emociones pueden transformarse en irritabilidad, rabia o conductas impulsivas, ya que las emociones no desaparecen sino que buscan otras vía de salida.
- Menor capacidad para identificar emociones en otros. Comprender las propias emociones es la base para reconocer lo que sienten los demás. Si se bloquea la expresión emocional, se limita también el desarrollo de la empatía y la lectura emocional del entorno.
- Desconexión emocional o evitación. Cuando la respuesta habitual del entorno es la represión, algunos niños aprenden a “desconectarse” de lo que sienten para no ser juzgados o castigados. Esto puede generar patrones de evitación emocional que persisten en la adolescencia y adultez.
- Desarrollo de enfermedades físicas. Cuando no hemos recibido aquello que necesitábamos o esperábamos de los adultos, lo vivimos como una ruptura de nuestra seguridad emocional, y esto repercute en nuestro organismo. Bloquear las emociones puede impactar a nivel digestivo (gastritis, colon irritable), en alteraciones del sueño, generando fatiga o agotamiento, taquicardia, etc. A largo plazo, aumentan las posibilidades de desarrollar enfermedades autoimunes, debido a la producción de cortisol (hormona del estrés) sostenida durante largos períodos de tiempo.
Como vemos, no es algo menor dejar desatendido el mundo emocional de la infancia, ni el nuestro propio.
Tengo esperanza de que, si somos capaces de nombrar e identificar con más claridad cómo nos afecta la represión de las emociones, estaremos más sensibilizados en la siguiente vez que nos salga el “no pasa nada”, y que la frase se nos quede a medias porque nos acordemos de todo esto. Hasta que un día, ojalá, deje de salir del todo, y podamos ofrecer otras respuestas, más sanadoras, para los niños y niñas pero también para nosotras, para nuestro mundo emocional olvidado.
De todas las tareas que podemos tener como adultas que acompañamos a niños y niñas, de lejos la más importante es acoger, aceptar, sostener y acompañar la rabia, la tristeza, el miedo, la frustración, los celos, y todos los demás sentimientos y emociones que surgen en el día a día. Mientras no pongamos eso en el centro, las demás tareas nunca terminarán de realizarse porque se verán interrumpidas por todo lo que no hemos atendido, y que sigue pidiendo paso.
Texto: Fernanda Bocco.