RESET DOCENTE: EL CUIDADO DE LAS MAESTRAS COMO IMPERATIVO EDUCATIVO

Nos parece normal, y esperable, que un médico descanse después de una noche de guardia. No se nos ocurre pedir que hagan más, que den más, que cumplan con toda la responsabilidad de su trabajo, sin que se repongan mínimamente para ello.

Sin embargo, nos parece normalísimo que una maestra, una educadora, asuman más tareas administrativas, cuiden más a los niños y niñas, sostengan más a las familias, hagan mejor su trabajo, y todo ello sin cuidarse como personas en absoluto, sin contar con una red de apoyo, sin tener formación especializada.

¿Cómo es posible? ¿Acaso no nos damos cuenta de que es prioritario atender las profesionales que se dedican a acompañar el desarrollo de la infancia? Las personas que nos dedicamos a la educación, o a acompañar a seres humanos en su proceso de desarrollo, tenemos la responsabilidad máxima de cuidarnos y atendernos para ofrecer el mejor servicio y asistencia posibles. Somos la herramienta de trabajo, nosotras, como seres humanos y como profesionales.

 

POR QUÉ CUESTA LLEVAR EL CUIDADO A LA PRÁCTICA

En primer lugar, porque no sabemos cómo hacerlo. Los equipos directivos tampoco están especialmente preparados para generar un ambiente de trabajo seguro y saludable, en el que las docentes se sientan tenidas en cuenta y con ganas de crecer y desarrollarse. Y cada una de nosotras, tampoco tiene claro del todo cómo es esto de cuidarme, de regenerar lo que se va gastando. Es más, a veces ni siquiera somos conscientes del todo de que ese desgaste existe, o de las señales que nos va dando.

En segundo lugar, porque dentro de la organización laboral en general, y del sistema educativo en particular, hay mucha prisa y mucha tarea por hacer. Incluso si no tiene sentido y no lleva a ningún sitio en concreto, pero al menos que se note el movimiento y que aparentemos estar haciendo algo. Parar, mirar, conversar, no cabe en esa vorágine.

En tercero, porque toda nuestra cultura está diseñada para dar un lugar menor a los cuidados. Todo lo que no sea medido en productividad instantánea, pasa al final de la fila como prioridad. Sumemos que la infancia, al no ser productiva, tampoco está muy arriba de esa fila que digamos. Entonces no le damos la importancia que se merece la atención en las personas y en las relaciones. No es algo que se estudie en magisterio, ni en pedagogía, de forma general.

Y al no darle importancia, no le dedicamos tiempo. No va a la agenda del claustro, ni a la programación, ni al proyecto de centro. No está recogido en ningún lugar, con lo cual no existe. Pero en este paradigma, hay mucho en juego, ¡la humanidad misma! Dejar esto en quinto plano es igual de peligroso que tener una grúa que se dedica a ir a sitios especialmente delicados y no hacer un buen mantenimiento del motor, de la suspensión, del freno, de las ruedas, de la caja de cambios… ¡A ver cómo demonios cogemos el otro vehículo para cargarlo y llevarlo a buen puerto!

Esto debería formar parte de las políticas educativas de manera radical, en el sentido de que forma parte de la raíz de toda tarea educativa. Mientras tanto, y en paralelo (nunca, nunca, en sustitución), ojalá cada docente pueda, al menos de forma individual, poner su regeneración como algo prioritario. Porque para que la infancia florezca, tenemos que asumir que somos nosotros la tierra que hay que nutrir y mantener fértil.

 

Texto: Fernanda Bocco.



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