Sembrar vínculos para que florezca el aprendizaje
Hay escuelas que se caracterizan por los lápices nuevos, o por la cancha recién pintada, y otras se caracterizan por la sonrisa en el equipo docente, o por los abrazos y la calidez que se percibe. Hay aulas donde el silencio pesa como un castigo, y otras donde el murmullo alegre y distendido transmite confianza y seguridad. En estas escuelas, las segundas, algo invisible pero poderoso sostiene a los niños y niñas, algo mucho más importante que los materiales, las metodologías, o la tecnología: el vínculo.
Educar desde el vínculo no es una moda ni una técnica, es una postura ética y afectiva que reconoce que todo aprendizaje significativo nace del sentirse visto, escuchado y valorado. Sólo desde el vínculo es posible un aprendizaje y un desarrollo, porque un niño que se sabe querido se atreve a equivocarse, a preguntar, a explorar. A sentir como se siente, a ser lo que es. Y sólo desde ahí emerge la apertura y curiosidad necesarias para comprender el mundo que nos rodea.
En estas escuelas, el aula no es un campo de batalla por el control, por ver quien gana, sino un espacio de encuentro. Los límites existen, claro, pero no como punición sino como bordes orgánicos que contienen y protegen. Las normas y la convivencia se construyen con los niños, no contra ellos. En una escuela así, es posible escuchar el llanto sin apuro, detenerse en las cosas realmente importantes, que van mucho más acá y más allá de los contenidos curriculares, ¡incluso en secundaria!
Cuando entendemos que el comportamiento es un lenguaje, y que detrás de cada “mal comportamiento” hay una necesidad no dicha, empezamos a entrenar nuestro oído para percibir esa melodía que queda oculta en el ruido de las “acciones disruptivas”. También nos damos cuenta de que somos, nosotras, el punto de partida para cualquier transformación que queramos ver en el aula, porque muchas veces que gran parte del problema suele estar en nuestra mirada hacia la infancia. Cuánto cambia cuando cultivamos una mirada que no juzga, que no etiqueta, que no cierra. Una mirada que dice: “Estoy aquí, contigo, incondicionalmente”.
Si queremos que la escuela sea un espacio de seguridad afectiva, además de física por supuesto, tenemos que asumir que el principal foco está en el vínculo que construimos con los niños y niñas. No en la obediencia, no en la materia que queremos transmitir. En lo humano.
Toda tarea educativa es, primero, un encuentro humano. O ponemos el vínculo en primer plano, o viviremos buscando parches para resolver todos los problemas que resultan de negar esa premisa: enfrentamientos cotidianos, desinterés, búsqueda permanente de límites, falta de motivación, agresiones, y un largo etcétera que se presenta en las aulas de todos los ciclos educativos.
Que cada una elija hacia dónde ir.
Fernanda Bocco.