El daño del “siempre se ha hecho así”
La mayoría de las cosas que hacemos en el día a día se siguen haciendo de la misma manera porque es lo de “toda la vida”, como si eso fuese un sello indiscutible de calidad o fiabilidad. Pero ¡todo lo contrario! Pocas cosas hay más peligrosas que repetir infinitamente algo sin detenerse a pensar, sentir, contrastar. Al menos con nuestra propia experiencia, ojalá también con uno que otro dato científico. El mundo estaría considerablemente mejor si lo hiciéramos…
Si eso es así en general, es más verdadero aún cuando se trata de las relaciones que establecemos con niños y niñas, tanto en el aula como en casa. Tenemos tantas inercias adquiridas que ni siquiera nos damos cuenta de lo que hacemos, mucho menos del potencial daño que puede generar una frase aparentemente inocente, por ejemplo.
Muchas maestras y educadoras acuden a nosotras porque han empezado a intuir que algo tiene que cambiar, que no termina de funcionar la cosa tal y como está. El “siempre se ha hecho así” va dejando de servir como excusa, ¡por suerte! y docentes o familias se dan cuenta de que hay que crear nuevos caminos para llegar a nuevos lugares.
Abrirse a lo nuevo inevitablemente supone poner en duda lo que hacemos y como lo hacemos. No es posible aferrarse a lo de siempre y, como algo menor, añadir pequeñas cosas nuevas para cambiar pero seguir en lo conocido. Nos hemos distanciado tanto de lo que necesitamos como seres humanos que hay que tirar por tierra mucha cosa, desandar lo trillado, para volver a construir desde un nuevo lugar.
No sirve agacharse para hablar a la misma altura si el tono sigue siendo humillante. No sirve cambiar castigos por consecuencias cuando se siguen apoyando en el chantaje emocional. No sirve poner materiales Pikler mientras se hace el cambio de pañal o los momentos de alimentación de forma robotizada o incluso con descuido.
¿Esto es algo sencillo? No.
¿Es algo necesario? Ineludible.
¿Es posible hacerlo? SI. Rotundo.
¿COMO PODEMOS SALIR DE AHÍ?
Lo primero es tener la honestidad de mirarse. Mirarse en serio, no para la foto de Instagram, sino todo lo contrario, lo que no nos termina de gustar, nos genera incómodo.
Lo segundo es hacerse preguntas sobre las prácticas cotidianas. ¿Por qué hago esto? ¿Tiene sentido? ¿Qué efectos tiene hacerlo así?
Lo tercero es buscar referentes. Puede ser la compañera del aula al lado, puede ser alguien de dirección, puede ser una antigua compañera. Puede ser alguien que lleve años estudiando y planteándose cosas. Cualquier ser humano que inspire y transmita algo en la dirección en la que queremos ir.
Lo cuarto es juntarse con más gente que esté en ese proceso, con quien poder compartir, desahogarse, reírse, ponerse creativas a la hora de afrontar los retos.
Dejar a un lado lo que hemos hecho hasta el momento conlleva una gran dosis de valentía, porque suele generar un vacío. ¿Y ahora, qué? ¿Si no es así, como se ha hecho siempre, entonces cómo?
Ese vacío empieza dando vértigo pero poco a poco se transforma en la posibilidad de algo diferente. Como quitar todos los muebles de un sitio para realmente transformar el espacio, en vez de ir moviendo un poquito cada uno y terminar dejándolo casi igual a como estaba. En general, sólo desde cierto vacío se puede crear lo nuevo.
Toda la experiencia que tenemos acompañando procesos de cambio, tanto a nivel individual como de equipos, nos permite decir con seguridad: confía. Confía. En ese vacío, que es la antesala de lo que está por venir. En ti, en las herramientas y capacidades que tienes y las que vas a ir adquiriendo. En la vida, en que cuando una cuida lo importante, a la vez es cuidada por ello.
Texto Fernanda Bocco.