LA PRESENCIA O EL ARTE DE ACOMPAÑAR

Sigamos viendo de qué se trata esto de “acompañar a la infancia”, deteniéndonos en uno de sus pilares fundamentales: la presencia. A priori, puede ser un concepto difícil de definir y, quizá, aún más de entender, entre otras cosas, porque no es tanto una idea como una experiencia, una vivencia. Para acercarnos a comprender de qué se trata, podemos empezar preguntándonos: ¿cuántas veces estoy escuchando a mi hijo (mi alumna, mi pareja…), mientras pienso en lo que debo comprar esa tarde en el supermercado?, ¿cuándo fue la última vez que pude estar disponible, presente, para él, para ella, sin “hacer nada más”? Sin mirar el móvil, preparar la cena, recoger los juguetes, ordenar la ropa… Sin duda, en este tiempo vertiginoso es todo un reto encontrar el equilibrio entre atender tantas tareas pendientes, aparentemente urgentes, y hacer espacio a lo verdaderamente importante: ofrecer tiempo, presencia, de calidad a los niños, niñas (¡y adultos!) con los que compartimos nuestro día a día.

Los niños son verdaderos maestros en estar plenamente en lo que están haciendo: jugando, llorando, mirando una mariquita… Parece casi una paradoja que los adultos estemos con la mente puesta casi todo el tiempo en otra parte, en la siguiente tarea; constantemente en un lugar diferente a aquel en el que estamos físicamente, sin vivir de veras lo que está sucediendo. Y esa falta de presencia en nuestra rutina diaria la llevamos a nuestra relación con los niños que continuamente nos demandan justamente lo contrario: “quédate aquí, conmigo”. Nos esperan disponibles, presentes, cercanos, pero no solo a nivel corporal, sino también emocional, mental, profundo; con todo lo que somos. Podríamos decir que la presencia es un ejercicio de “mindfulness”, la oportunidad para cambiar un pañal, mientras cambiamos un pañal. ¿Cuándo fue la última vez que comiste una manzana mientras la comías? Saboreándola, oliéndola, quizá recordando aquella manzana que te daba tu padre al salir del colegio…

Ante este reto, podemos empezar por un pequeño gesto: la próxima vez que tu hijo, tu grupo de alumnos/as, estén jugando, quédate allí, observándolos, disponible, atenta. Es probable que, al saber que estás allí para ellos, puedan sentir más calma, confianza, seguridad, porque se sienten acompañados, tenidos en cuenta. Dice José M.ª Toro que la pre-sencia es “presentar tu esencia”; qué bonito regalo para aquellos, niños y adultos, con los que compartimos camino, vida.

Nuria Comonte