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DERECHOS DE LA INFANCIA: ¿los estamos cumpliendo?

En estos días veo muchos niños y niñas por las calles; según la edad acompañados por sus familias o por un grupo de iguales. Esta escena, muy banal en realidad, me alegra inmensamente porque el resto del año muchas veces tengo la impresión de que vivo, vivimos, en “ciudades libres de niños”* ya que no se ven criaturas por ningún sitio debido a la cantidad de horas que suelen pasar encerradas al día, entre la escuela, las actividades extraescolares y las pantallas.

Como decía, en estos días que puedo encontrar muchos infantes en los espacios públicos, me encanta observar las relaciones que se establecen entre los adultos y sus hijos/as (o alumnos/as). Desde el respeto; no es un cotilleo sino una curiosidad que me acompaña desde pequeña por aprender sobre las diversas interacciones humanas. Por suerte, muchas cosas de las que veo me enternecen el corazón, por el respeto y conexión desde la que muchas madres, padres y docentes se dirigen a los más pequeños. Y otras tantas que veo me impactan tristemente, porque están muy muy lejos de un trato amoroso, o al menos decente, con la infancia.

Por ello, hoy quería reflexionar sobre tres de los diez derechos fundamentales de la infancia. Aunque la declaración de los derechos del niño sea del 1959 *, a día de hoy seguimos un tanto analfabetos en el tema, sobre todo a la hora de ponerlos en práctica.

DERECHO AL JUEGO

Si, es un derecho establecido jurídicamente, ¡fijaros qué importante! Hace poco hemos hablado de ello en este artículo, pero lo retomo porque creo que, como sociedad, no nos lo terminamos de creer. Jugar, reír, inventar, soñar, son derechos de la infancia porque aseguran que sigan siendo niños y niñas, en una infancia protegida y respetada. La ONU declara el juego y el ocio “elemento fundamental de su desarrollo y su socialización y por eso están reconocidos como derechos”. Por el contrario, “el trabajo infantil, la carga excesiva de actividades educativas, la falta de espacios públicos o la comercialización de los espacios y los tiempos de ocio, limitan el ejercicio de estos derechos”.

Lo voy a repetir muy despacio por si se nos pasó desapercibido:

– el trabajo infantil

– la carga excesiva de actividades educativas

– la falta de espacios públicos

– la comercialización de los espacios y los tiempos de ocio

Todo ello limita el ejercicio de los derechos de la infancia.

Lo repito despacio porque nos choca el trabajo infantil y repudiamos los lugares dónde eso ocurre, pero nos parece absolutamente normal atiborrar nuestros niños y niñas con cargas infinitas de actividades educativas (incluidos los deberes excesivos o en edades tempranas, las actividades extraescolares que suman muchas horas a la semana, etc).

También la falta de espacios públicos está a la misma altura del trabajo infantil como una amenaza al derecho del juego. Me he cansado de ver plazas en las que no se puede jugar, o parques dónde no se puede, atentos ¿eh?, ¡llorar o estar con mala cara! Prefiero ni comentar este cartel de un parque público en Almería.

El juego, sobre todo el juego espontáneo, es decir, que surge de los niños y niñas y no está dirigido por un adulto, es uno de los factores de protección de salud mental más reconocido en los últimos tiempos. Una infancia con mucho juego libre y espontáneo, en un ambiente seguro, tiene un efecto enorme en la capacidad de resiliencia y de bienestar cuando alcanzamos la adultez. No por casualidad está entre los derechos básicos…

DERECHO A EXPRESAR SU OPINIÓN Y SER ESCUCHADO

La ONU declara que los niños y niñas tienen mucho que decir, especialmente cuando se va a tomar una decisión que les afecta directamente. Por eso tienen todo el derecho a expresar libremente su opinión y ser escuchados. Lo que ocurre con los derechos de la infancia es que sólo pueden concretarse si las adultas y adultos que les acompañamos cumplimos con nuestra parte. En este caso, nos toca escuchar cuando nos hablan, y dar voz cuando una criatura no está pudiendo hablar.

Este derecho significa que las niñas y niños son protagonistas y agentes de cambio de todo aquello que les atañe, a un nivel más colectivo, pero también que deben ser escuchados en el día a día en su opinión, preferencia, y sobre todo en sus expresiones afectivas y su malestar. ¿Esto significa que haremos todo lo que nos diga según sus preferencias? Evidentemente, no. Para eso estamos las adultas y adultos con criterio, para poner límites y decidir acorde a nuestra experiencia y conocimiento cuando sea necesario. Pero tenemos mucho margen para mejorar sin llegar a ese extremo.

Muchas veces una niña nos está diciendo que no quiere ir a tal lugar o estar con tal persona, y le forzamos a ello. Otras tantas, nos están contando lo mal que se sienten, y no queremos oír o intentamos que estén de otra manera. En ocasiones, nos están expresando una idea o sugerencia que podríamos tener en cuenta dentro de los planes o rutinas familiares, y no hacemos ningún caso porque consideramos que no tiene importancia.

Por todo eso, nos viene bien recordar que este es uno de los derechos de la infancia, al igual que el derecho a la vida, a la salud, a la protección y a la educación. Está a ese nivel de importancia y magnitud.

DERECHO A LA INTIMIDAD

En la era digital en la que estamos, en que todo se publica y se comparte, este derecho se viola de tantas maneras que la mayoría de nosotros ni siquiera sabe que es un derecho fundamental de la infancia. Pero así está recogido por la ONU: los niños y niñas tienen derecho a la vida privada. Las leyes deben proteger la privacidad de los niños, su familia, su domicilio, su correspondencia y su reputación frente a cualquier ataque o agresión.

Lo triste es que en la gran mayoría de los casos somos sus propios cuidadores quienes violamos este derecho, con la mejor intención del mundo en general, pero sin consciencia del daño irreparable que supone esta violación a la intimidad y privacidad de una criatura. Debemos, familias y docentes, ayudarles a proteger sus datos personales, especialmente en el contexto actual en que lo habitual es difundir fotos, nombres, fechas de cumpleaños, dirección u otros datos sensibles, además de conversaciones privadas dirigidas únicamente a nuestros oídos, no a un público general.

Si fuéramos conscientes de cómo esto influye en su concepto y experiencia de lo que es íntimo y privado, estoy convencida de que dejaríamos de hacerlo. Si entendiésemos que esto rompe algo tan fundamental como la confianza que tienen en nosotras, estoy convencida de que pondríamos muchísima más atención a cómo manejamos la información y las imágenes de nuestros niños y niñas. Por algo este derecho está recogido entre los 10 más importantes de la infancia, porque tienen que ver con la base, los cimientos, de su desarrollo y de las futuras relaciones que establecerá con el entorno. ¿Queremos, de verdad, criar seres humanos que no sepan distinguir su vida personal, su intimidad, de un escaparate permanentemente iluminado y abierto a quien quiera ver?

REVISANDO NUESTRO ROL EN LOS DERECHOS DE LA INFANCIA

No es sencillo respetar, de verdad, a los niños y niñas. Venimos de siglos y siglos marcados por una manera de percibir, entender y tratar a la infancia que necesita una permanente revisión y reflexión para poder cambiar. ¡Desde luego no lo hacemos por mal! Pero no por ello estamos haciendo menos daño, porque siguen siendo suaves violencias por más normalizadas que estén en nuestra cultura.

Invito a todas las personas que nos relacionamos con niños y niñas, aunque sea durante un rato, aunque sea de lejos, a que estemos atentas a las pequeñas y grandes faltas que cometemos a diario respecto a sus derechos fundamentales. A los atropellos cotidianos que cometemos sin siquiera darnos cuenta de que estamos violando algo tan frágil como esencial. Con la consciencia de que no es algo menor, sino que nos estamos jugando la dignidad, la salud y la integridad de nuestra propia especie.

 

*kids free es un término que se usa en muchos restaurantes o espacios públicos en los que los niños y niñas no son bienvenidos o tienen prohibida su entrada.

** Luego, en 1989, se aprueba la convención de los derechos de los niños y niñas.

 

Texto: Fernanda Bocco

Imagen: Tatiana Syrikova



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