EL CEREBRO Y LAS EMOCIONES EN LA INFANCIA – Parte II

En el último post, vimos de manera resumida cómo se desarrolla y cómo funciona el cerebro, reconociendo que es imposible que las niñas y niños pequeños sean capaces de “controlar” sus emociones. También hablamos que, hasta aproximadamente los seis/siete años, viven esencialmente en lo emocional y no en lo racional, experimentando la realidad con fuertes reacciones afectivas que necesitan expresar y experimentar. Hoy, vamos a conocer mejor cuales son las emociones básicas del ser humano, para qué sirven y qué podemos hacer los adultos para acompañar de un modo respetuoso y amoroso a l@s niñ@s cuando están viviéndolas.

Aunque haya pequeñas variaciones en el listado definitivo, la mayoría de autores está de acuerdo en que hay seis emociones básicas: miedo, ira, alegría, sorpresa, asco, tristeza. Se llaman básicas porque son las emociones que todos los seres humanos traemos cuando venimos al mundo, y se pueden observar incluso en bebés muy pequeños a través de sus expresiones faciales, por ejemplo.

Curiosamente, a pesar de que la ciencia reconozca la existencia de esas emociones desde hace décadas, en nuestra cultura occidental y racional, son percibidas como una especie de “estorbo” al “buen funcionamiento mental y adulto”; algo a ser eliminado, o al menos escondido, en nombre de las relaciones sociales basadas en la apariencia, en mostrarnos de modo diferente a cómo nos sentimos en nuestro interior. ¿A que nos suena haber oído cosas en esa dirección desde pequeñ@s? Para cambiar nuestra mirada, es esencial recuperar las emociones como algo biológicamente inherente al ser humano, y además con unas funciones muy importantes para nuestra salud física y mental. Incluso las emociones más desagradables tienen funciones importantes en la adaptación social y en el desarrollo personal. ¡Un auténtico regalo!

Según Reeve*, las emociones cumplen tres funciones principales. La primera es adaptativa, es decir, las emociones preparan al organismo para una conducta apropiada a cada situación, permitiendo que todo ser vivo se adapte a su entorno. Por ejemplo, si siento miedo, el cuerpo se prepara para protegerse, si siento rabia se prepara para atacar, la alegría está vinculada a la reproducción, el asco al rechazo, la sorpresa a la exploración, etc.

La segunda función es social: cada emoción transmite a los demás cómo uno se encuentra, permitiendo al grupo identificar rápidamente el estado de ánimo y reaccionar de acuerdo con ello. Si vemos alguien alegre, “leemos” que es amistoso y podemos acercarnos, si vemos alguien enfadado, tendemos a apartarnos, etc. Es un mecanismo rápido y eficaz de comunicación social. La tercer función de las emociones es motivacional, es decir, la emoción energiza el comportamiento. Una conducta «cargada» emocionalmente se realiza de forma más vigorosa y rápida. Así, la cólera facilita las reacciones defensivas, la alegría la atracción interpersonal, la sorpresa la atención ante estímulos novedosos, etc.

Si entendemos que las emociones son intrínsecas a nosotros y necesarias como especie, ¡no buscaremos educarlas ni reprimirlas¡, sino que permitiremos que se expresen. Cuando impedimos que la emoción se manifieste, generamos un problema doble: por un lado, no dejamos que cumplan con sus funciones esenciales; por otro lado, esas emociones no van a desaparecer, sino que buscarán otras vías (más aceptadas por su entorno o, por el contrario, más destructivas) para salir. En ambos casos, estamos dificultando una necesidad básica de la infancia – de todo ser humano – que es poder expresar cómo se siente.

Entonces… ¿qué podemos hacer como adultos ante un niño, una niña, cuando expresa alguna emoción? Lo primero y más importante: acogerla, no intentar eliminarla. Nos tomará un tiempo, quizás, pero con la práctica podemos llegar a estar relajados ante la descarga emocional de nuestr@s niñ@s. Al inicio cuesta porque conecta con nuestras propias emociones reprimidas; es posible que tengamos ganas de llorar, o de irnos. Pero el propio hecho de seguir y permitir esa expresión en el niño/a que tenemos en frente limpiará nuestras emociones guardadas durante tanto tiempo…

Como hemos comentado en otro escrito, las emociones no se educan, se acompañan. Acompañar es estar: no distraer al niño/a, no callarle ni castigarle, no burlarse de lo que expresa, no compararle con otr@s niñ@s, no hacer comentarios irónicos ante otros adultos porque sentimos vergüenza de lo que nuestro peque está sacando. Esa criatura, en ese instante, está absolutamente inmersa en una serie de sensaciones intensas, de cambios fisiológicos/neurológicos, sin capacidad de nombrar ni comprender lo que le está ocurriendo. Lo que sí podemos hacer es poner palabras a lo que siente “vaya, parece que estás triste”, o “creo que estás muy enfadado”**, aunque en ocasiones estar en silencio puede aportar tanto o más que hablar.

Este acompañamiento puede tardar unos pocos minutos, o media hora… No existe un tiempo “adecuado”, sino que notaremos claramente cuándo l@s niñ@s se van relajando, o dejando de llorar, o dirigiendo espontáneamente su atención a otra cosa. En general, cuánto más hábito tengan en expresarse acompañados de un adulto disponible, más fácilmente pueden conectar con su emoción y, luego, seguir con lo que estaban. Niñ@s que no han podido llorar lo suficiente suelen necesitar más tiempo, porque van sacando lo que les ocurre ahora sumado a lo que no pudieron expresar previamente.

En el caso de que, junto a la emoción, haya ocurrido alguna agresión, podemos diferenciar estos dos niveles (lo que siento y lo que hago), acoger lo primero y, después de asegurarnos esa conexión emocional – quizás incluso en otro momento del día –, colocar un límite claro a la acción (“se que estabas muy enfadado, pero yo no dejo que pegues”, por ejemplo). Habitualmente, mezclamos las dos cosas e intentamos limitar la propia emoción; si nos damos cuenta de que no son lo mismo podemos actuar de manera diferente ante cada una. Conectamos auténticamente con la emoción que están expresando y, luego, podemos expresar con claridad que no queremos que repitan esa acción.

Según la edad que tengan, puede ayudar que hagamos un breve relato de lo que hemos observado (“vi que estabas jugando con eso y se ha roto/te lo han quitado”, etc). Si son mayores de seis años podemos preguntar si nos quieren contar lo que ha ocurrido, siempre y cuando ya se hayan calmado totalmente y teniendo claro que su respuesta no es lo más importante. Esto es apenas un complemento que puede ayudarles a integrar esa experiencia también desde lo consciente, pero muchas veces veremos que no hay una relación aparente entre el hecho y la emoción que se ha desencadenado. Por eso, no interesa preguntar buscando una causa, ya que puede ser sencillamente algo que ha colmado el vaso de muchas pequeñas frustraciones, enfados, etc, reprimidos y que finalmente salen todos a la vez, ante un mínimo incidente. ¿Como adultos, no nos ha ocurrido alguna vez que estamos “bien” y de repente ocurre algo cotidiano (nos pitan en el tráfico, o perdemos el metro/bus/tren, o se nos estropea algo que en realidad no nos importa demasiado) y nos invade una profunda necesidad de llorar?…

Poder expresarse abiertamente es clave para la salud mental, psíquica y emocional de un ser humano. L@s niñ@s necesitan urgentemente que validemos sus emociones porque son seres predominantemente emocionales, si no respetamos y acogemos lo que expresan, estamos negando la esencia misma de la criatura que tenemos delante. Por el contrario, si nos disponemos a una mirada amorosa, permitiendo que estén como están, estamos transmitiendo que les aceptamos, tal y como son, sin tener que desconectarse de si mismos para que ser merecedores de nuestro afecto.

Fernanda Bocco

* John M. Reeve “Motivación y emoción”.

** Daniel Siegel y Tina Payne Bryson, en el libreo “El cerebro del niño”, proponen una serie de acciones que se pueden hacer después de haber conectado a nivel emocional con el niño, según la edad en que se encuentre. Esto ayudará a conectar el hemisferio derecho (emocional) con el izquierdo (racional), el cerebro inferior (reptiliano) con el superior (neocórtex).

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