LA AUTONOMÍA Y EL DESARROLLO PLENO DE LA INFANCIA

Hemos hablado varias veces sobre la autonomía y el movimiento autónomo en la infancia. Creemos profundamente, y lo comprobamos a diario, en el impulso de vida que nos mueve a todos los seres vivos, de dentro hacia fuera. El propio nacimiento humano se inicia cuando el bebé envía una señal de que sus pulmones están preparados para respirar, siendo esta nuestra primer acción autónoma, ¡y de las más importantes en la vida! También el acto de mamar es activo por parte del bebé, su succión pone en marcha la producción de la leche materna y la sigue regulando mientras dure la lactancia. ¿No es impresionante y altamente significativo?

Pues esa misma fuerza que nos mueve a nacer y a nutrirnos, nos guiará por el resto de la vida en nuestro desarrollo, en el aprendizaje, en las interacciones, en las decisiones de vida que seguiremos tomando cuando adultos, siempre y cuando hayamos podido mantenernos conectados con ella. Y es que todo movimiento contrario a esa expansión, va estropeando el mecanismo y haciéndonos más apáticos y dependientes de los estímulos de fuera, de alguien que nos diga qué hacer, cuándo y cómo.

¿Cómo podemos potenciar la autonomía en la infancia?

Lamentablemente, es algo habitual en nuestra cultura el no confiar en las capacidades innatas de un bebé (les ponemos o quitamos de sitios dónde podrían acceder por su propia cuenta), ni de un niño (les atamos los cordones del calzado, nos adelantamos a responder a sus cuestiones sin dejar que las piensen por su cuenta), ni cuando son adolescentes (solucionamos todos los problemas por ellos, a la vez que pedimos que sean “adultos” y tomen decisiones importantes y sean responsables). Así, es bastante difícil que un ser humano ejercite y fortalezca esa autonomía que le viene dada desde el inicio…

Como familia y como educadores, podríamos utilizar toda situación como una oportunidad para que las criaturas hagan las cosas por si mismas, dentro de sus posibilidades, y a su ritmo. Hay mil ocasiones sencillas a lo largo del día que nos sirven para ello: vestirse, desvestirse, alimentarse, lavarse las manos, jugar, ordenar el espacio… Si permitimos que realicen cada tarea sin meterles prisa, sin corregir y sin presionar, estarán conectados con tuda su esencia y practicando sus habilidades todo el tiempo. ¿Os imagináis los efectos de esto en su desarrollo? La sensación de ser válido y capaz, la mejora en su auto-imagen y auto-estima, el fortalecimiento del vínculo con ese adulto que le respeta, el bienestar de sentirse en un mundo amoroso, que le incluye y tiene en cuenta.

Si fuéramos conscientes del efecto de las pequeñas cosas que hacemos, o que no hacemos, en el desarrollo de l@s niñ@s… estoy convencida de que pondríamos más atención en ello. Y si aún no lo hemos hecho, sin problema: siempre estamos a tiempo de iniciar. El verano, por ejemplo, es un momento maravilloso para respetar la actividad autónoma de la infancia. No tenemos horarios tan estrictos que cumplir, posiblemente estamos en un entorno natural lleno de posibilidades de exploración, nos encontramos más relajados y abiertos a observar, sin intervenir demasiado. Cuando miremos una criatura construyendo con arena en la playa, recogiendo piedras en un río, montando una cabaña en el salón de casa, investigando un instrumento musical… ojalá podamos ver un ser humano conectado con su impulso interior, poniéndolo a funcionar para mantenerlo siempre fuerte, sano, pulsando.

Texto: Fernanda Bocco

Imagen: autor desconocido



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