autopoiesis Maturana

POR EL DERECHO A EQUIVOCARSE Y A CAMBIAR DE OPINIÓN

Humberto Maturana, biólogo y filósofo chileno, afirmó que hay tres derechos humanos universales que no fueron recogidos por las Naciones Unidas, pero que son tan esenciales como los demás: el derecho a cambiar de opinión, el derecho a irse sin que nadie se ofenda, y el derecho a equivocarse. Estos tres derechos son los que, junto a los demás, hacen posible que un organismo pueda vivir plenamente, construyéndose a si mismo a lo largo de la vida desde la profunda conexión consigo mismo.

El derecho a equivocarse es fundamental, porque permite vivir sin el miedo a hacer las cosas “mal”, sin la preocupación por no cumplir con las expectativas ajenas. Si nos podemos equivocar, significa que podemos probar infinitamente en vez de quedarnos paralizados en un lugar tan “seguro” como inerte, dónde nunca se genera algo nuevo. Sin equivocaciones, estaríamos condenados a una eterna repetición de lo mismo…

Cuando el error se entiende como un derecho y no algo a evitar, conectamos con todas las posibilidades que pueden existir ante cada situación, ¡estamos abiertos al aprendizaje en su máximo sentido! Percibiendo los errores como algo natural en vez de como un peso, podemos seguir avanzando y corrigiendo sobre la marcha, manteniendo una actitud inquieta y curiosa ante la vida. Para equivocarse, uno tiene que aceptar que no es autoridad ni detiene la verdad absoluta, por eso dice Maturana que “los sistemas autoritarios jamás se equivocan”, es decir, no existe ninguna posibilidad de cuestionarse y de reinventarse.

El segundo derecho del que habla el autor es el de poder cambiar de opinión; significa la libertad de experimentarse en distintas posiciones, practicar las diferentes ideas que puedo tener, conectar con lo que siento en cada una de ellas y, así, conocer en profundidad aquello que pienso, digo y soy. Si no estuviese permitido cambiar de opinión, estaríamos atados a algo que hemos dicho en algún momento específico por el resto de nuestra vida, negando los cambios y vaivenes en nuestra manera de ver y estar en el mundo.

Dice Maturana, “si el otro no me deja cambiar de opinión, ¿cómo suelto la verdad y acepto mi error?”. Para crecer, para moverse de un espacio de respeto al otro, es necesario no sentirse dueño de la verdad ni aferrarse a una idea que alguna vez defendimos. Cambiar de opinión es cambiar de perspectiva, permitirse otro lugar simbólico y aceptar que las cosas no son definitivas. ¡Qué alivio!

El tercer derecho, surgido a partir de la aportación de uno de los alumnos de Maturana, es irse sin que nadie se ofenda. “La convivencia no debe ser una cárcel”, añade, por eso poder irse es una condición básica para que podamos sentirnos seguros allá donde estemos. Nacemos con la habilidad de percibir el ambiente emocional que nos rodea, lo cual es imprescindible para asegurar nuestra supervivencia. Pero a base de desconectarnos con nuestras sensaciones, vamos perdiendo esa capacidad instintiva hasta tal punto en que no somos capaces, muchas veces, de protegernos en situaciones básicas en las que deberíamos, sencillamente, levantarnos e irnos. ¡Somos la única especie a la que nos ocurre esto!

No puedo evitar pensar en la infancia y en la educación, en el día a día en aulas, casas, espacios de ocio, actividades extraescolares… ¿reconocemos y respetamos estos tres derechos fundamentales? ¿Les permitimos la equivocación, valorando que se arriesguen a pensar con autonomía en vez de con miedo al error?; ¿Podemos escuchar su incómodo en algunos lugares o situaciones, les tenemos en cuenta cuando claramente no quieren ir a algún sitio específico, o no quieren estar con un adulto en particular?; ¿Dejamos que piensen una cosa un día, y otra al siguiente, sin intentar “mostrarles” que “eso no se puede”, cuando por ejemplo dicen que María ya no es su amiga, o que ya no quieren invitar a Pablo a su cumpleaños?

En una sociedad en la que estos derechos fueran una realidad incontestable, tendríamos escuelas que no premien una única respuesta como verdadera, aulas con múltiples espacios dónde los niños puedan elegir en cual desean estar, familias abiertas al cambio de opinión, dispuestas a crecer en el diálogo con el otro, lugares para la plena experimentación sensorial, motriz, emocional, relacional… Creemos que es posible construir, ¿quizás más bien recuperar?, una cultura que se atreve a poner la vida en el centro, generando entornos dónde sea posible la autopoiesis, permanente creación de uno mismo a lo largo de nuestra existencia. ¡Que así sea!

Fernanda Bocco