EL MOVIMIENTO Y LA INFANCIA EN TIEMPOS DE CONFINAMIENTO

Estamos viviendo de una manera completamente diferente a la que hemos vivido hasta ahora, comparado con nuestras propias vidas y con la existencia de la humanidad. Venimos de una historia caracterizada por el constante movimiento físico, sea por la vida nómada sea por pasarse el día recolectando. Si nuestra cultura moderna ya era bastante sedentaria de por si, ahora nos encontramos en la inédita situación de estar confinados en nuestras casas durante días y días. Esto ya afecta bastante a los adultos, pero ¿tenemos claro cuánto afecta a los niños y niñas?

La actividad física es una de las necesidades básicas de la infancia, diría que la más fundamental. Y no sólo porque se relaciona con una mejor salud física, ni porque supone una descarga de energía considerable, que también. Pero es que, en los seres humanos, no se puede separar movimiento, juego y aprendizaje, son aspectos absolutamente relacionados entre sí: un niño/niña que se mueve está desarrollando su sistema motor, neurológico, intelectual, emocional y social a la vez. Como nos decía Aucouturier, “no actuar es mortífero”, porque el niño/a se construye a sí mismo en esa interacción de su cuerpo con el entorno, establece reglas, las pone a prueba mil veces, entiende sobre sus límites, matiza sensaciones, integra palabra con acción…

Con los niños y niñas en casa, gran parte de ese desarrollo se ve afectado y limitado en todo su potencial. ¡Todo un desastre! Muchas horas sentados, o ante pantallas, quizás abrumados por las tareas que llevan, necesitan más que nunca el movimiento corporal para volver al equilibrio y a la salud, tan importantes precisamente ahora. Cada realidad es diferente, cada casa tiene sus limitaciones, pero es esencial que podamos organizar el espacio y las rutinas diarias para que haya más movimiento: prever al menos un tiempo diario para gimnasia, saltos o cualquier ejercicio que sea posible, idealmente en familia; aparte de ese tiempo específico, preparar espacios con pocos muebles (o vacíos, si se puede) donde haya elementos como cuerdas o aros, por ejemplo, que inviten a juegos/exploraciones de movimiento; si hay hermanos, o con un adulto disponible, organizar con colchones/colchonetas un momento de “cachorreo”, cosquillas, batallas, etc.

Qué maravilla si podemos, como adultos, aprovechar esos ratos para también movernos y liberar las hormonas de estrés que se nos van acumulando en el cuerpo, los miedos, las angustias… Un precioso momento para compartir, al tiempo que nos aseguramos de que el movimiento continúe, por el bien de todos. “Si el movimiento se detiene, se detiene la vida”, decía Aucouturier. Hagamos todo lo posible para que ni el movimiento, ni la vida, se detengan en nuestros hogares.

Fernanda Bocco

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