QUISIERON ENTERRARNOS SIN SABER QUE ÉRAMOS SEMILLAS – El valor del tiempo de 0-3

La situación de las últimas semanas ha puesto en evidencia la importancia y trascendencia de los CUIDADOS y, curiosamente, ha sido en este tiempo cuando hemos asistido a la poca consideración, por parte de algunas autoridades, hacia la labor de las escuelas infantiles, aquellas que acogen a niños y niñas en los años más importantes de todo su desarrollo vital.

Muchos soñamos con permisos de paternidad y/o maternidad mucho más amplios, que permitan que los padres y madres puedan ofrecer a sus hijos e hijas ese cuidado privilegiado que solo ellos pueden dedicarles, sin tener que elegir entre su estabilidad económica o el bienestar de su pequeño y de su familia. Mientras eso llega, a día de hoy muchas familias buscan lugares respetuosos, de ritmo pausado, con profesionales bien formadas, amantes de su labor, en manos de las que dejar, cada día, a los pequeños de la casa.

Lo vivido estas semanas ha reabierto el debate sobre si las escuelas infantiles tienen una labor meramente asistencial o también educativa, como si una y otra no fueran de la mano. ¿Acaso se puede entender una educación que no cuide, que no atienda con mimo y cuidado, a los niños/as a los que acoge? ¿es posible que el tiempo de cuidados se termine cuando los niños/as cumplen 3 o, como mucho, 6 años? El valor esencial de las escuelas infantiles no viene dado por si desempeñan una tarea educativa, ya que esto, en el sentido amplio de la palabra “educación” no puede cuestionarse.

La importancia de la escuela infantil es más que evidente, si pensamos que en ella comparten un tiempo precioso tantos niños y niñas; unos años imprescindibles en su construcción como seres humanos, en que se descubren, empiezan a relacionarse con otros, comienzan a descubrir la vida… Muchas de sus vivencias posteriores tendrán su origen en estos primeros años de vida. Hace tiempo una profesora de Infantil, al hilo de un debate sobre cuál era el mejor momento para comenzar con la lecto-escritura, me dijo “nadie va al psicólogo con 30 años porque no sabe leer o escribir. Buscan ayuda, en parte, por problemas que tienen su origen en estos primeros años: autoestima, relaciones de dependencia, falta de interés por la vida…”.

Ojalá esta situación sanitaria, social y económica, no hubiera empeorado aún más la realidad de muchas escuelas infantiles y, lo que es peor, la de sus profesionales. No será una tarea fácil darle la vuelta a esta compleja situación, pero no olvidemos que estamos también alzando la voz en nombre de la infancia. Merecemos, merecen, que las escuelas sean consideradas, puestas en valor. Pero este solo será un nuevo primer paso del camino que nos queda por delante para conseguir que la infancia sea escuchada, mirada, tenida en cuenta y que pueda ser recibida en espacios acogedores, cuidados y de profundo respeto. Como sociedad, no podemos permitirnos menos. Es hora de poner los cuidados hacia la infancia, hacia la vida, en el lugar que le corresponde: en el centro.

Nuria



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