LOS LÍMITES COMO GESTO DE AMOR (II)

Vayamos un paso más allá en el tema de los límites. Ahora que hemos echado un vistazo a su relevancia, así como a las dificultades que pueden aparecer, veamos algunas ideas generales sobre el momento de ofrecerlos:

– Para comunicar un límite a un niño/a acércate donde él está y agáchate si es necesario para ponerte a su altura. Este primer movimiento por tu parte le transmite cercanía e interés por él y por lo que está haciendo.

– Mientras le hables, trata de mirarle a los ojos o, al menos, de estar en conexión emocional con él/ella.

– Intenta que el mensaje que le ofrezcas esté dirigido a su conducta, no a quien él/ella es (por ejemplo, en lugar de decir “eres una desordenada”, podrías verbalizar “has dejado estas cosas fuera de su lugar”).

– Utiliza un lenguaje sencillo, concreto y, si es necesario, acompañado de gestos (en los niños y niñas más pequeños, por ejemplo).

El “no” es necesario, firme y claro. A través de las vivencias repetidas, le permite al niño, además, incorporarlo a su vocabulario y decir “no” cuando la situación lo requiera. Una pregunta interesante sería: ¿a qué estoy diciendo “sí” con este “no”?. Por ejemplo, al decir “aquí no” a un alumno de tu clase que quiere tocar el tambor al lado de otros niños que están leyendo, estás protegiendo la actividad de ambos y, por tanto, generando un ambiente de mayor armonía.

– Ojalá puedas estar tranquila mientras mantienes el límite, alejada en lo posible de la emoción que despierte en ti. Tómate un tiempo antes si es necesario; respira.

– Es posible que una situación de límite despierte una emoción en el niño (enfado, frustración, llanto…). Ojalá tengamos la oportunidad de acompañarla con comprensión y calidez.

MÁS ALLÁ DE LOS CASTIGOS

Por otro lado, una mirada amplia hacia los límites nos permitirá descubrir que, por debajo de la conducta visible del niño/a (un conflicto, una “rabieta”) hay otros elementos a tener en cuenta y a revisar que, con frecuencia, son los que pueden explicar en profundidad qué le ocurre a ese niño, más allá de ese momento puntual.

Por ejemplo, en una situación en la que una niña que se muestra irritable todas las mañanas en el momento de prepararse para ir a la escuela, podríamos preguntarnos, entre otras cuestiones:

– Cómo ha sido su descanso nocturno, ya que quizá necesite más tiempo de sueño.

– Cómo es la rutina matutina: si hay tiempo suficiente para ella o vamos a toda prisa.

– Qué presencia y disponibilidad podemos ofrecerle en ese tiempo: ¿puedes escucharla, estar con ella?. Después vais a pasar un tiempo separados, quizá sea una buena oportunidad para compartir un rato (el desayuno, el momento de vestirse).

Estas son solo algunas sugerencias, habría muchas más. La idea es que, una vez pasado ese momento puntual podamos mirar al niño, a la niña, más allá de lo que está mostrando en ese preciso momento para tratar de atender sus necesidades más profundas que están por debajo de esa conducta puntual. Solo así daremos lugar a cambios profundos, consistentes en el tiempo. Solo así aparecerá el verdadero acompañamiento.



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