LOS LÍMITES COMO GESTO DE AMOR (I)

Cuando decidimos hacer un cambio en la crianza, en la educación, de niños y niñas probablemente el tema de los límites sea uno de los asuntos que más confusión y reflexión despierta: ¿cómo pongo un límite? ¿es bueno decir “no” a mi hijo/a? ¿se verá resentida nuestra relación después? ¿me guardará rencor?

La complejidad de los límites puede deberse, entre otras cuestiones, a que en torno a ellos se encuentran y desencuentran muchos aspectos interrelacionados:

– Para el niño, la niña: los límites están relacionados con su experiencia de que el entorno es un lugar confiable, seguro, en el que pueden sentirse a salvo: “hay un adulto que se ocupa de protegerme de posibles peligros e, incluso de pararme cuando yo no soy capaz de hacerlo por mí mismo”. Cuando un niño, una niña, no tiene esta experiencia de límites de forma cotidiana se encuentra perdido, desorientada, y gran parte de sus esfuerzos se dirigen a constatar si esos límites existen, dónde se encuentran y ante qué circunstancias aparecen.
Esto supone un gran gasto de energía para él, para ella, que debe ocupar parte de su potencial en ello; es un pilar que, junto a otros aspectos, le va a ofrecer la seguridad emocional, profunda, que necesita para su desarrollo. Hay tanto en juego que no puede mirar hacia otro lado.

– Para el adulto, la adulta: cómo eran los límites (o, con más frecuencia, los castigos) en nuestra casa, cómo fue nuestra relación con la “autoridad”, cuán exigente fue nuestro entorno con nosotras, si vivimos en un hogar autoritario o excesivamente permisivo… Otra dificultad a la que nos enfrentamos en el momento de poner límites tiene que ver con la capacidad que tengamos de escuchar y atender nuestras propias necesidades:
especialmente nosotras, las mujeres, hemos olvidado cómo se hace; hemos perdido la (buena) costumbre de hacerlo. Y, cuando en alguna ocasión somos capaces de expresar qué necesitamos, es frecuente que, después, debamos cargar con un (gran) sentimiento de culpa.

Ir entrando en contacto, poco a poco, con estos ingredientes de nuestra relación con los límites nos permite ir poniendo luz sobre ellos para evitar que se interpongan en la crianza de nuestros hijos, la educación de nuestros alumnos.

Iremos profundizando aún más en todo lo que conllevan los límites en sucesivas entradas, pero antes de dar esta por terminada, querría compartir un pasaje de un libro que tengo estos días entre manos. Se llama “De la codependencia a la libertad” y el autor es un psiquiatra que cuenta que, en una ronda por el hospital, encontró a una mujer caminando a gatas por el pasillo. Él se le acercó, le preguntó qué hacía, y ella le contestó: “hago lo mejor que puedo”. No lo utilicemos como excusa para no seguir buscando otras alternativas, pero que no se nos olvide: la culpa y la autoexigencia que aparecen con (demasiada) frecuencia nos están haciendo daño. No sigamos permitiéndolo más y encontremos la manera, porque la hay, de mirarnos con más compasión, ternura y comprensión. Justo lo mismo que queremos ofrecerles a los niños y niñas.

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Texto: Nuria Comonte.
Imagen: Autor desconocido.



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