Renovando nuestras creencias sobre el aprendizaje

La idea que tenemos hoy día sobre el proceso de aprendizaje está obsoleta, caduca. Creemos erróneamente que los niños y niñas solo podrán aprender gracias a nuestra motivación externa, olvidando que es una capacidad innata al ser humano. “No podemos no aprender” como dice mi compañera Fernanda. Si pudiéramos comprender, asomarnos, a la grandeza y profundidad de este proceso, posiblemente, dejaríamos de reducirlo a la simple y llana adquisición de conocimientos.

Aprender es un proceso global, holístico, que hunde sus raíces en la esencia misma del ser humano. Llegamos al mundo con todo el potencial disponible para su despliegue, cada cual el suyo, listo para su máximo desarrollo. Lamentablemente, gran parte de ese potencial acaba desperdiciado porque nuestra necesidad de ser mirados, de pertenecer, no está asegurada. Dejamos de ser quienes somos para convertirnos en quien esperan que seamos, minimizando nuestro brillo a condición de ser aceptados. Gran parte de nuestro “bienestar” nos va en ello. Y en esto la escuela aporta su granito de arena. Entendemos que la única manera en la que ese proceso de enseñanza-aprendizaje puede ocurrir es desde fuera hacia adentro, como si el niño fuera un espacio vacío que espera a ser completado. Como si la infancia fuera un proyecto de algo más importante, más serio, más evolucionado; mejor.

DESCUBRIENDO OTRA MANERA DE APRENDER…

Imaginemos un grupo de niños y niñas de unos 5 años de edad que están jugando en un parque con unos cubos, unas palas, arena, quizá algo de agua… Durante ese juego que algunos podrían considerar sin importancia, se están dando multitud de oportunidades de aprendizaje; quizá más, incluso, de las que alcanzamos a imaginar desde nuestra estrecha mente adulta. Están experimentando qué sucede si añade más o menos agua o arena, percibe la textura, la temperatura, el peso, elabora hipótesis sobre qué sucederá si vuelca el cubo con arena húmeda o seca… una escena sencilla, ojalá frecuente, llena de matices y posibilidades. Durante ese juego lo cognitivo, lo emocional (el disfrute, el bienestar), lo social (llegando a acuerdos, afrontando posibles conflictos) y lo corporal están en armonía, en equilibrio. Y eso es precisamente aprender: el resultado de un proceso interno que facilitado y permitido por un ambiente adecuado y por un adulto que lo acompañe. Por eso, como dice Isabel Fernández del Castillo, podemos hablar del “aprendizaje implícito”, aquel que sucede más allá de libros y conceptos.

¿Qué idea de ser humano queremos seguir sosteniendo? Ojalá podamos entender a los niños y niñas, y a nosotras mismas, como seres plenos, capaces y en constante desarrollo, verdaderos protagonistas de nuestros procesos de vida.

Texto: Nuria Comonte.

Imagen: Autor desconocido.



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