ESCUCHANDO LAS NECESIDADES DE LOS NIÑOS EN SUS PRIMEROS AÑOS DE VIDA

Los primeros años de vida de los niños y niñas son los cimientos sobre los que crecerán y desplegarán su potencial: su autoestima, su autoimagen, la seguridad y armonía en sus movimientos, un modelo mental para su mundo relacional…en definitiva sobre esa base se construirán a sí mismos.

ETAPA SENSORIOMOTRIZ…¡Y AFECTIVA!

Siguiendo la pista de Piaget, podríamos decir que durante los tres primeros años de vida el niñ@ está en una etapa en la que sus necesidades básicas giran alrededor de sus capacidades sensoriales y sus posibilidades motrices. A esto podríamos añadir, aunque Piaget no lo recoge, que en este tiempo se elabora la relación de vínculo, ojalá seguro y estable, que será la base segura a partir de la que las criaturas explorarán el mundo que le rodea, que irá ganando en amplitud según va creciendo. Vamos a verlo paso a paso, empezando precisamente por aquí:

– El vínculo afectivo que el adulto construye con el niñ@: es la condición indispensable para el desarrollo de las demás. La criatura debe saber, experimentar, que hay una persona adulta con la que mantiene una relación estable, de cuidado, atención y aceptación incondicional. Gracias a ella, sentirá la confianza y la seguridad necesarias para ir explorando el mundo que le rodea. Esta exploración no será solo a nivel físico sino también, progresivamente, social y relacional.

Es tanta la importancia de este vínculo adulta-bebé, que a partir de ella la criatura desarrolla una especie de huella mental, un modelo, sobre el que basará su posterior descubrimiento del otro: la sensación de que merece ser cuidado, de que puede expresar sus necesidades y de que estas serán escuchadas, la vivencia como un ser capaz y autónomo…

Por ello, el cuidado atento, la mirada amorosa, la disponibilidad emocional y la presencia cálida deberían ser la premisa básica de cualquier lugar en el que se ofrezca atención a la primera infancia.

DETENIÉNDONOS EN LA ETAPA SENSORIOMOTRIZ

Etapa motriz: en estos primeros años de vida, la criatura hará las mayores conquistas motrices de toda su vida: conseguirá voltearse, sentarse, ponerse de pie… ¡caminar! Si consiguiéramos entender la trascendencia de estos hitos, no podríamos dejar de admirar a los bebés por su tenacidad y compromiso con su propio desarrollo. El despliegue armónico, la infinidad de ensayos de prueba-error, la voluntad de seguir levantándose tras la enésima vez que se cayeron… es de una belleza inmensa.

Etapa sensorial: mucho antes de que las criaturas elaboren “imágenes mentales”, de que comprendan cognitivamente el mundo que les rodea, necesitan experimentarlo a nivel sensorial; llenarse de él. Toda esa información sensorial será poco a poco procesada para llegar a conclusiones, prever consecuencias, establecer conexiones… como si de científicos se tratara. Pero eso serán después. Antes, necesitan tener oportunidades para impregnarse de toda esa información que les llega a través del tacto, la vista, el gusto, el oído…

Detengámonos ahora en una escena de juego cotidiana. Imaginemos una bebé, de unos 10 meses de vida que está tumbada boca arriba, llevándose a la boca un juguete de madera. Al poco rato, deja el juguete que estaba explorando, se pone boca abajo y empieza a reptar, buscando otros objetos que descubrir. Cerca está su padre, quizá atento a su juego, presente. Gracias a esa presencia cercana, la niña puede hacer esta exploración con seguridad, con confianza. Sabe que si necesita algo podrá expresarlo y que su padre responderá a su petición. Este tiempo de juego espontáneo y de movimiento autónomo le permite seguir perfeccionando su movimiento reptante, ganando así fuerza en la parte posterior se la espalda para la sedestación. Además, recibe información de la superficie sobre la que se mueve, del objeto que se llevaba a la boca (temperatura, textura, color, forma, peso, sonido al caer…), los sonidos de la sala en la que se encuentra…

La fuente de aprendizajes y estímulos es rica e inagotable. A nosotros, los adultos, nos corresponde preparar las condiciones necesarias para cuidar esa actividad espontánea y ofrecer un acompañamiento de calidad para asegurar ese vínculo. Nada más, y nada menos. Ahí nos detendremos en una próxima entrada.

Texto: Nuria Comonte

Imagen: Autora desconocida



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